31/7/15

Misioneros de la misericordia

La bula Misericordiae vultus, por la que el Papa Francisco, convoca un Año Santo de la Misericordia, ha sido la fuente de inspiración del DOMUND 2015 



"Misioneros de la misericordia" 

Los misioneros y misioneras son instrumentos y canales de la misericordia de Dios. A través de ellos el Señor hace llegar su amor a los más pequeños y necesitados. Cada gesto de misericordia es una “caricia al alma” que hace resonar de nuevo, para quien lo recibe, la buena noticia de que Dios está del lado de los humildes y de los que sufren, del lado de cada hombre y mujer del mundo, de nuestro lado. La misericordia es la identidad de Dios y de los misioneros y misioneras, que acompañan con amor y paciencia el crecimiento integral de las personas, compartiendo su día a día.

Preciso es reparar en que los misioneros son radicalmente misericordiosos. Ellos son los que, en la Iglesia “en salida”, saben adelantarse sin miedo e ir al encuentro de todos para mostrarles a un Dios cercano, providente y santo. Con su vida de entrega al Señor, sirviendo a los hombres y anunciándoles la alegría del perdón, revelan el misterio del amor divino en plenitud. Ellos viven una profunda vida espiritual, que enriquece su mente y su corazón para reconocer la acción del Espíritu, les saca de la estrechez de una espiritualidad limitada y les abre a nuevos horizontes ilimitados, e indican el camino que cada cristiano ha de recorrer como “discípulo misionero”. 

Todo esto queda plasmado en el abrazo entre una misionera y una anciana en el cartel del DOMUND. La expresión de sus rostros es reflejo de un amor misericordioso, comprometido, recíproco, profundo. La imagen muestra que las obras de misericordia son el revulsivo para despertar nuestra conciencia, tan aletargada ante el drama de la pobreza, y entrar aún más en el corazón del Evangelio, donde los pobres son los privilegiados de la misericordia divina. 

Todos los materiales para celebrar la Jornada del Domund 2015 están ya disponibles en:
www.domund.org





27/7/15

Un #VeranoMisión que cambia vidas

Ni playa ni montaña. Misión. Es la opción de cientos de jóvenes y adultos que cada verano aparcan un plan de vacaciones al uso para colaborar con proyectos pastorales y de desarrollo en territorios del Tercer Mundo de la mano de la Iglesia. 


Durante el verano miles de jóvenes pasan sus vacaciones ayudando en las misiones



Una experiencia de verano le llevó a encontrar su lugar en el mundo. En realidad fueron dos veranos los que cambiaron su vida. Maite Oiartzun era profesora en Pamplona y, en 1994, decidió que sus vacaciones tendrían como destino Marruecos. Sin agencia de viajes de por medio. Tenía 35 años, y de mano de los padres blancos decidió cruzar al otro lado del Estrecho. “Llevaba un proceso de acompañamiento como cristiana comprometida, pero me resistía a dar más de mí, yo era mi propia oposición”, recuerda la religiosa navarra, que encontró en este primer contacto con la misión ad gentes el impulso para repetir experiencia al verano siguiente; esta vez en Malí, durante dos meses, y con las Misioneras de Nuestra Señora de África. Hoy, 20 años después, Maite es quien brinda la oportunidad a otros para cambiar de rumbo en pleno mes de agosto. 

Jorge Pérez respondió a esa invitación de Maite el verano pasado. “La propuesta me llegó a través de un correo electrónico, precisamente en un momento vital malo en el que necesitaba descubrir más allá de mis propias fronteras”, comenta este joven de 32 años, de Guadalajara. “Puedo decir que fueron solo quince días, pero resultaron suficientes como para reencontrarme con Dios”, explica un entusiasmado Jorge, quien ve cómo, un año después, es “otra persona”.


Con los padres blancos y las hermanas blancas también ha compartido sus vacaciones misioneras Elena Amilibia, psicóloga, de 28 años “Viajé a Tánger por primera vez cuando tenía 21 años. Aquello me marcó hasta tal punto que encauzó mi vocación como psicóloga".

Mercedes y Leticia dan el salto a Etiopia. Un mes. A Gambela, una región cercana a Sudán del Sur y, por tanto, con alto índice de refugiados. Es su primera vez. Forman parte de un grupo de ocho jóvenes de la parroquia Teresa Benedicta de la Cruz. Tienen 20 años.  ¿Por qué dejarlo todo por unas semanas? “Esa misma pregunta me la repito todos estos días. Es una inquietud que siempre he tenido ahí y que nunca había cuajado”, confiesa Mercedes. Las dos son conscientes de que esta aventura puede suponer un antes y un después. “No tengo ningún miedo, más bien expectativas de hacia dónde nos puede llevar, es el momento de estar abiertos”, comenta Leticia. “Si cambiamos y es para mejor... ¡Bendito sea Dios!”, apostilla Mercedes.

Gaspar González tiene 26 años y es un veterano en veranos entregados a la misión ad gentes. Viajará a Nicaragua durante un mes como coordinador de un grupo de 30 voluntarios de la Asociación Solidaria Universitaria, en la que participan estudiantes de todas las disciplinas y de diferentes centros universitarios de nuestro país. “Durante los últimos años nuestra acción se había centrado en Burundi y Sierra Leona, pero, para dar garantías de seguridad a quienes se suman este verano, viajamos a América, donde estarán al frente de un campamento de niños en Granada, con clases de apoyo, ayuda en el comedor y actividades deportivas”, comenta Gaspar. 

Como Jorge y Elena, Mercedes, Leticia, Gaspar... cientos de jóvenes de todos los rincones de nuestro país participarán durante estos dos meses en experiencias misioneras de verano en África, Asia y América. Un tiempo de cambio. A todos les tocará el corazón; les hará replantearse su forma de vivir, su mirada hacia la Iglesia; les pondrá frente a otro mundo; les situará ante Dios desde otras coordenadas... A otros les removerá hasta tal punto que se plantearán cambiar de carrera o de trabajo. Y los habrá que, como Maite, descubrirán este verano su vocación a la misión ad gentes. Sin más.

Puedes leer el articulo completo sobre los jóvenes que en verano se van de #VeranoMisión en:


José Beltrán

Extracto de un artículo publicado en la Revista Misioneros, verano 2015


24/7/15

Colegios de la Congregación para Evangelización de los Pueblos

Sacerdotales y religiosas, profesores y agentes de pastoral de los países de misión se forman en los Colegios Pontificios San Pedro, San Pablo, San José, CIAM y Mater Eclesiae que dependen de Congregación para la Evangelización de los Pueblos. 


Vocaciones sacerdotales y religiosas de los países de misión se forman en colegios Los Colegios San Pedro y San Pablo, CIAM y Mater Eclesiae que dependen de la Congregación para la Evangelización de los Pueblos

La Congregación para la Evangelización de los Pueblos ha encargado a la Fundación Domus Misionalis garantizar a estos colegios pontificios y centros de formación los recursos humanos y materiales necesarios para su correcto funcionamiento.


Cinco días antes de la conclusión del Concilio Vaticano II, el 3 de diciembre de 1965, el beato Pablo VI inauguraba el Colegio Misionero Internacional San Pablo Apóstol en Roma para acoger a los sacerdotes que, procedentes de las Iglesias jóvenes, necesitaban dedicar un tiempo a una especialización en su formación sacerdotal.  La conmemoración del 50 aniversario del Colegio San Pablo es ocasión para contemplar cómo 191 sacerdotes de más de 60 países viven en un ambiente de estudio, convivencia fraterna y dinamismo misionero. Ellos bien saben que el origen de su Iglesia local, donde han nacido a la fe, se debe a la actividad misionera de la Iglesia y, en justa correspondencia, volverán a su país con este mismo espíritu. Serán unos pocos años dedicados a crecer hacia dentro, pero los necesarios para retornar y secundar el trabajo de quienes les iniciaron en la fe. La inversión ha sido grande por parte de ellos, de la Iglesia local y de la Congregación para la Evangelización de los Pueblos, pero muy fecunda, porque los frutos no se harán esperar. Aun siendo importante la oportunidad de cursar estudios de especialización en las Ciencias Eclesiásticas, sin duda la mayor riqueza les viene de la convivencia, durante varios años, con sacerdotes, religiosos o laicos de otros países y continentes. Esta experiencia es la mejor fuente de formación en la universalidad de la Iglesia y genera, por ósmosis, un extraordinario amor eclesial, más allá de las limitaciones de la Iglesia local.

La Congregación para la Evangelización de los Pueblos es consciente de las necesidades de formación de sacerdotes, religiosas, laicos y futuros catequistas misioneros y por este motivo es responsable de cinco centros de formación: Colegio San Pablo y el Colegio San Pedro para la formación de Sacerdotes; el Mater Eclesiae, para la formación de religiosas; el Colegio San José, para la formación permanente de profesores; y el Centro Internacional de Animación Misionera (CIAM), para encargados de la animación misionera en las diócesis del mundo.

Estos centros de formación eclesiástica dependen de la Fundación Domus Missionalis, que Benedicto XVI instituyó en 2005, es el organismo del que se sirve la Congregación para la Evangelización de los Pueblos para garantizar los recursos humanos y materiales necesarios y hacerse cargo del sostenimiento y la formación eclesiástica de sacerdotes, religiosas y agentes de pastoral de los países de misión que carecen de medios económicos. Por parte de las iglesias locales que los envían y de los alumnos hay un compromiso para retornar una vez finalizada su formación a sus lugares de origen, evitando de esta manera la tentación de quedarse en Europa para atender a otras iglesias menos necesitadas. 

La Congregación para la Evangelización de los Pueblos en la persona de su prefecto, el cardenal Fernando Filoni, encomienda el acompañamiento y formación de los sacerdotes y religiosas residentes a equipos suficientemente preparados que a su vez están respaldados por el Consejo de Administración que se preocupa de las necesidades materiales. Este consejo está integrado por los rectores de los colegios y tres directores nacionales de OMP nombrados directamente por el prefecto. 

Anastasio Gil,
Director Nacional de OMP España


22/7/15

Paulina Jaricot, rompiendo fronteras

Un día como hoy 22 de julio del año 1799 nacía Pauline Jaricot fundadora de la Obra Pontificia de la Propagación de la Fe.


Paulina Jaricot, fue una laica que en 1822 fundó la Obra Pontificia de la Fe promotora del Domund

Con motivo de este aniversario publicamos este artículo de Alfonso Blas que presenta la Obra Pontificia de la Progagación de la Fe, una iniciativa genial que brotó del espíritu inquieto y misionero de Pauline Jaricot en 1822 y que el Papa Pío XI declaró como pontificia. 

La Obra Pontificia de  la Propagación de la Fe rompe fronteras. Lo hizo en sus orígenes y continúa derribándolas en nuestro tiempo, con el propósito de que la Buena Nueva que contribuye a difundir se propague por todos los rincones  de la Tierra.
La primera barrera que romper es la del individualismo. Frente al egoísmo y la tendencia a barrer hacia casa que tanto se lleva en nuestros días, la Obra de la Propagación de la Fe ha promulgado siempre, sin descanso, una dimensión universal del compromiso misionero, que lleva aparejada una fraternidad entre los seres humanos, por encima de las diferencias nacionales, étnicas, culturales, diocesanas o congregacionales. Adiós a mirarse el ombligo, a pensar sólo  en uno mismo. 

Dimensión universal
De hecho, la “globalización de la solidaridad”, de la que tanto se habla en nuestros días, la inventó hace muchos años, allá por el 3 de mayo de 1822, en una Francia salpicada de periodos revolucionarios, una laica que, renunciando a todas las comodidades que conllevaba el pertenecer a una familia bien, tuvo la genial intuición de fundar esta Obra. Su nombre: Paulina María Jaricot (1799-1862). Conocedora de las inmensas necesidades de las misiones del Asia oriental por su hermano Fileas, seminarista en París, Paulina arde en deseos de hacer algo. Así las cosas, una tarde de invierno que sus padres estaban jugando a las cartas, toma un naipe de la mesa y, con peculiar genio creador, comienza a escribir las líneas generales de una asociación a favor de las misiones: grupos de diez personas, cada una de las cuales se comprometerá a formar un nuevo grupo de diez, organizando las decurias en centurias y estas últimas en grupos de mil; cuota semanal de cinco céntimos y un jefe de grupo cada diez miembros. Su plan tuvo un éxito más allá de cualquier previsión. Necesitaba, sin embargo, desarrollar algo fundamental. Le faltaba una apertura y finalidad universal, que, aunque implícita –para Paulina la misión no tenía ni límites sociales ni geográficos–, no se había hecho todavía realidad. Lo que había sido concebido para ayudar a las misiones de Asia oriental debía ampliar sus horizontes hacia una cooperación misional abierta a todo el mundo y a los misioneros de todos los países. Con este fin, un grupo de sacerdotes y seglares se reunieron en Lyon. “Somos católicos; en consecuencia, no debemos sostener esta o aquella misión particular, sino todas las misiones del mundo”, defendía con vehemencia Benito Coste, presidente de aquella asamblea que adoptó la iniciativa de Paulina para dar lugar a la Obra de la Propagación de la Fe.
Ya no serán los Gobiernos, los dirigentes, las personas acaudaladas, las conferencias episcopales de cada país... quienes sostengan las misiones y decidan a qué misioneros socorrer. Ahora será la comunidad católica en general, las gentes buenas que tienen fe en el Dios de justicia, libertad, fraternidad y amor para el mundo, los que ayuden espiritual y materialmente al apostolado misionero. Todo el pueblo fiel colaborará en la difusión del Evangelio. Y, por esa razón, para evitar ser particularistas y no caer en favoritismos, en nuestros días es una Asamblea General de los directores nacionales de Obras Misionales Pontificias de los diferentes países la que determina qué proyectos atender y de dónde procederán los fondos para sostenerlos.

Urgencia de toda la Iglesia
No es el único obstáculo que se va a a derribar. La Obra de la Propagación de la Fe rompe también con la barrera entre la vieja cristiandad y las jóvenes Iglesias. Aunque por sus más abundantes recursos resulte lógico que las Iglesias de más antigua fundación respondan con mayores aportaciones económicas a la causa misionera, no son las únicas encargadas de su sostenimiento. La misión ad gentes es la primera urgencia que debe atender toda Iglesia, por muy joven que sea, porque en el abandono de todo y en la entrega y  servicio al otro radica la mayor prueba de que una comunidad de fieles ha alcanzado su madurez en la asunción del Evangelio.
Para la Obra de la Propagación de la Fe no vale la excusa que muchas Iglesias de vieja fundación ponen cuando afirman que “las misiones las tenemos aquí. ¿Para qué trabajar por las misiones lejanas?”. Ni tampoco sirve la más comprensible dificultad que suelen esgrimir las Iglesias de reciente creación cuando se lamentan: “¡Qué vamos a dar desde nuestra pobreza y pequeñez!”. No hay mayor prueba de haber integrado el mensaje de Jesús, de haber alcanzado la madurez como Iglesia, que el enfrascarse en la faena misionera, máxime cuando esta se realiza desde la pobreza.  

Preferencia por los pobres
Y, en esta línea, también se quiebra la frontera entre ricos y pobres, ya que no hay mayor riqueza evangélica que la que aportan estos últimos, porque en ellos, en los últimos de los últimos, se dibuja el rostro de Cristo, el lugar donde encontrarnos con Él. Los pobres nos evangelizan. La Obra de la Propagación de la Fe hereda de este modo el carácter de su fundadora. Una Paulina María Jaricot que, habiendo nacido en una familia de ricos negociantes de seda, decide abandonar una vida despreocupada, feliz, frívola y sin problemas, para volcarse en los más necesitados de su tiempo. Primero, dándoles limosna. Pero, después, poniéndose a su servicio. Invita, con su actitud, a prestar una atención renovada a los pobres, en busca de una justicia fundamentada en los valores cristianos, y a mostrar un amor profundo y constante hacia ellos. Busca ante Dios el modo de poner remedio al desánimo y a la inmoralidad. Quiere devolver al pobre su dignidad y acabar con las injusticias que le han llevado a esa situación. “En una palabra –dice ella–, yo querría que se devolviera el esposo a la esposa, el padre al hijo   y Dios al hombre, ya que Él es la felicidad y el fin”.

La necesidad misionera
De ahí surge una prometedora responsabilidad misionera, que da sentido a una Obra como la de la Propagación de la Fe: el convencimiento de que el mundo tiene necesidad de Dios; de que muchos de los males que aquejan a la humanidad, se deben al hecho de rechazarlo y desconocerlo. Tanto Paulina como su Obra están convencidos de la necesidad urgente y beneficiosa que para el mundo supone una evangelización que proponga y ofrezca gratuitamente la acogida de los valores del Evangelio. Y en esa titánica tarea se enfrascan, contribuyendo al servicio ejemplar, entregado y absoluto de los misioneros y misioneras.
Adiós a las fronteras del exclusivismo, a las que delimitan las posesiones. Son actitudes que no van con el devenir misionero. La Obra de la Propagación de la Fe se caracteriza por el desapego respecto a los bienes materiales. Al igual que hizo Paulina, todo lo   que recauda lo pone en manos de la evangelización. No le puede importar, como decía su fundadora seis años antes de una muerte en la más absoluta de las miserias, “que me quiten los bienes terrestres, la reputación, el honor, la salud, la vida; que me hagáis descender por la humillación hasta el pozo y el abismo más profundo. Qué me importa que encuentre en ese pozo no el agua, sino el barro, y que sea sumergida en él hasta por encima de la cabeza, si en ese abismo puedo encontrar el fuego escondido de vuestro amor celeste...”. Es esa entrega absoluta, gratuita y ejemplar –pero a veces humillante– la que, en un paralelismo revelador, encontramos en Paulina, en su Obra y en los misioneros y misioneras: “Deseo quedar libre de poder ir a donde las necesidades son mayores”.

Colectividad frente a individualismo
Un desprendimiento absoluto, animado por la entrega hasta la muerte de Jesús, es el que sostiene  la misión evangelizadora de la Iglesia y el que hizo  que una obra como la de la Propagación de la Fe no desapareciera, enfrascada en personalismos estériles. Esta Obra no es fruto de individualismos. Al contrario, borra las fronteras personales para formar redes de colectividad. Afortunadamente, en el ardor de  su apostolado, Paulina decidió no actuar sola. Y así logró evitar que muchas de sus iniciativas quedaran en nada. La misión es un asunto de todos los bautizados, porque cada uno puede ser, de acuerdo con sus modestas posibilidades, la “cerilla que enciende el fuego”, como ella misma se autodescribió.
Su inteligencia práctica la llevó, de hecho, a no personalizar su obra en ella misma, e implicó, siempre que estuvo en su mano, a todo el que pudo, construyendo grandes ramificaciones de solidaridad. Y fue precisamente entre los más necesitados de su época, los obreros de las fábricas, entre quienes quiso compartir su experiencia religiosa y entre los que organizó colectas, rompiendo todo tipo de barreras sociales y de clase para ayudar a las misiones más lejanas. Pobres que ayudan a pobres, gentes de culturas y naciones diferentes en comunión con la idea de que hay que formar cadenas de solidaridad y oración por difundir la Buena Nueva de Dios, para que el mundo pueda ser mejor.  

Acción y oración
Sí, cadenas de oración, porque el dinero, la limosna, no basta. La Obra de la Propagación de la Fe acaba con la división entre acción y oración. Adiós a un activismo sin espiritualidad. El diálogo con Dios mueve las conciencias y los corazones, y los anima a poner manos a la obra. La oración es la revolución silenciosa donde se encuentran las fuerzas renovadas para superar las fatigas, las incomprensiones, las persecuciones y continuar con la tarea misionera. Y al igual que la solidaridad económica no hay que entenderla únicamente en un sentido, lo mismo se puede decir del apoyo oracional. La interdependencia espiritual recuerda al católico que también tiene necesidad de la oración  de su hermano lejano.
La Obra de la Propagación de la Fe borra las fronteras humanas que llevan al hombre a la división y el enfrentamiento. Es el mejor antídoto contra la guerra, el racismo, la explotación, el abuso o la persecución... No hay diferencia entre los seres humanos, porque, en deberes y en derechos, todos son iguales ante Dios. Es más, en la espiritualidad de los orígenes de la Obra anida la idea de que el católico no puede esperar salvar su alma si no participa en la salvación de las demás.
Hoy la Obra de la Propagación de la Fe sigue eliminando fronteras, con el propósito de responder a las necesidades de una misión universal que se empeña en regalar la Buena Nueva del Evangelio a los pueblos más necesitados, para ponerla a su servicio y contribuir con su luz a la construcción de un mundo más justo y humano, plenamente acorde con los designios de Dios. 

La que en 1922 fuera designada por el papa Pío XI como Obra “Pontificia” vive entre nosotros al ritmo del “¡ay de mí si no predicara el Evangelio!” que proclamó san Pablo. Su futuro es tan esperanzador como urgente y titánica es la tarea que a la Iglesia católica le corresponde realizar en el terreno de la misión universal ad gentes. Con humildad y discreción misionera, la Obra Pontificia de la Propagación de la Fe sigue tejiendo una red de solidaridad fraternal al servicio de la evangelización.







Alfonso Blas
En el libro "Una Misión con carisma"
editado por Obras Misionales Pontificias España

Misionología y verano, una fórmula que engancha

Participantes de ocho diócesis españolas diferentes han asistido en el III Curso de Verano de Misionología de la Cátedra de Misionología de la Facultad de Teología de la Universidad San Dámaso.

Participantes en el III Curso de Verano de Misionologia, foto de Fernando Redondo


En la tercera edición de este curso que nuevamente se ha celebrado en Segovia del 30 de junio al 5 de julio los alumnos del curso se han acercado a “la misión como servicio de la caridad” (impartida por el profesor Jaime Ballesteros Molero), “Evangelii Gaudium, la Iglesia ante el reto de la misión” (profesor Juan Carlos Carvajal), “Inculturación de la fe y evangelización de la cultura” (profesor Avelino Revilla Cuñado, Vicario General de la Diócesis de Madrid), “La animación misionera” (profesor Juan Martínez), siendo clausurado por el director nacional de OMP, Anastasio Gil, que ofreció un acercamiento al Decreto Conciliar Ad Gentes sobre la actividad misionera de la Iglesia, en su 50º Aniversario.

Pero no solo los participantes tuvieron contenidos académicos sobre la misionología, sino que además de la convivencia también contaron con vídeo – fórum, mesas redondas, testimonios misioneros, celebraciones litúrgicas y visitas culturales a Segovia. ¡Una fórmula que engancha!, es la afirmación de muchos de los participantes, que fusionan la formación académica con actividades más lúdicas, pero siempre con raíces misioneras, que sirven para profundizar en la naturaleza misionera de la Iglesia.

¿Volverías al curso el próximo año?, ¿quieres compartir esta iniciativa formativa? La respuesta de todos los participantes es unánime, ¡sí! Valoran, entre otros aspectos, el nivel del profesorado, el ambiente misionero y la convivencia, la apuesta decidida por la formación misionera, que hace a todos partícipes de la “Alegría del Evangelio” y la motivación y el empuje que posteriormente desarrollan en cada una de las diócesis.

Misionología y verano, formación y compromiso, Evangelio y misioneros, son claves que seguirán ofreciéndose en esta iniciativa del Curso de Verano de Misionologia, que año tras año despierta la esperanza, la fuerza y la acción misionera de muchos participantes. ¡No te lo pierdas! Súmate para el IV Curso de Verano que ya están preparando sus organizadores Cátedra de Misionología de la Universidad San Dámaso, OMP y Manos Unidas Madrid. 


Fernando Redondo
Delegación de Misiones de Toledo

20/7/15

Curso de Evangelización Misionera 2015/2016

Ya se ha abierto el plazo de matrícula para el curso de Evangelización Misionera 2015/2016. Podrá formalizarse en la  Secretaria de alumnos de la Facultad de Teología de San Dámaso del 18 al 31 de julio y del 1 al 25 de septiembre.


Formación en misionología en la Cátedra de Misionología

El Curso de Evangelización Misionera, de la Cátedra de Misionología, sirve promover la formación de aquellos agentes de pastoral que están interesados en la acción evangelizadora de la Iglesia, participan de grupos de animación misionera o tienen intención de realizar alguna experiencia de misión.


Este curso se inscribe dentro del servicio que la Universidad Eclesiástica San Dámaso presta a la acción misionera de la Iglesia a través de su Cátedra de Misionología. Con los cursos impartidos en la esta Cátedra de Misionología  se pretende promover la formación de aquellos agentes de pastoral implicados en la acción evangelizadora de la Iglesia; estudiar las cuestiones que afectan a la actividad misionera de la Iglesia; y contribuir a la sensibilización misionera de la comunidad eclesial desde la misión propia de una Facultad de Teología.

Este curso permite la obtención de créditos de Licenciatura o cursos de Doctorado en la Facultad de Teología de San Dámaso. Asimismo, la Facultad expedirá un Diploma en Misionología a quienes realicen el curso y cumplan los demás requisitos establecidos al efecto, a la vez que certifica el valor académico de este curso de 140 horas lectivas.

Para descargar el programa de este Curso de Evangelización Misionera 2015/2016 
Descargar programa del Curso
            

Lugar y horario de clases



El curso comenzará el 2 de octubre.

Las clases se impartirán los miércoles en horario vespertino. Habrá tres sesiones de 45 minutos: 1ª sesión de 18:15 a 19 horas; 2ª sesión de 19:10 a 19:55 horas; 3ª sesión de 20:05 horas a 20:50 horas.

Las clases se impartirán en la Facultad de Teología de San Dámaso, c/Jerte 10, 28005 Madrid.


Matrícula


La matrícula deberá formalizarse en la Secretaria de alumnos de la Facultad de Teología de San Dámaso del 18 al 31 de julio y del 1 al 25 de septiembre
Secretaria: Dña. Pilar Cordero Velarde y Dña. Victoria Martín García


Para más información e inscripciones: Telf/. 91 364 40 10


Jul:Para que los cristianos de América den testimonio de amor a los pobres y contribuyan a una sociedad más fraterna
Colegios Pontificios: Sacerdotes, religiosas y laicos de países de misión se forman en centros de Propaganda Fidei.

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